Tengo muchisisimas ganas de desaparecer. De dejarlo todo, absolutamente todo, colgado.
Irme sin avisar a nadie. Irme sin cerrar mis temas pendientes. Irme sin decir a dónde.
Irme.Tengo ganas de dejar de hacer las cosas que siempre hago.
Esas cosas que nadie, absolutamente nadie, valora. Dejar de hacerlas porque si.
Quizás para probarme a mí misma que la única manera de gritar:
‘¡Estoy acá! ¡Mirame!’ es dejando de estar.
Quizás para probarte que no estoy programada para escucharte, ni para llamarte, ni para animarte, ni para obedecerte, ni para divertirte, ni para aguantarte. Quizás porque todo eso lo hago a diario por propia voluntad. Quizás porque he dejado de querer hacerlo. Quizás porque crees que no te importa que haya dejado de querer hacerlo. De hacerlo.
Tengo la absurda creencia de que si me tapo los ojos, y no veo, nadie me verá. Si no sé nada de ti, tú me echarás de menos.
Si me callo, me hablarás. Si dejo de ayudarte, pedirás ayuda.
Si dejo de quejarme, me tratarás como yo quiero. Si dejo de buscar, encontraré.